En este caso, el título de la película nos remite al régimen carcelario del protagonista y a la pena a la que ha sido condenado por un delito que, según parece, no ha cometido (en lo que nos remite a otro de los tópicos del cine de prisiones, el falso culpable). Andrew (Andy) Dufresne (Tim Robbins) es encarcelado por el asesinato de su mujer, en lo que parece un crimen pasional. Ingresa en la prisión de “Shawshank”, de ahí el título original de la película.
Allí conocerá a Red (Morgan Freeman), una especie de “conseguidor” dentro de la prisión, una capo de poca monta, pero en el fondo de buen corazón, quien por el precio correspondiente (descontada “mi comisión”) proporciona a los internos todo tipo de productos y comodidades (tabaco, ropa, e incluso un póster de Rita Hayworth, que al final tendrá una gran trascendencia, etc.).
Dufresne, de quien sabemos era director de un banco de Portland, utilizando sus conocimientos fiscales y de contabilidad, se ganará la confianza de los guardias y del corrupto alcaide (otro clásico), a quienes confecciona sus declaraciones de la renta, descubriendo finalmente un caso de corrupción (que incluye asesinatos por encargo), que nos conducirá hasta un magnífico e inesperado desenlace. Sin ánimo de hacer spoiler, se trata del plan para la fuga de la Penitenciaria, otra trama imprescindible en cine de prisiones, como por ejemplo en “La Gran Evasión” (John Sturges, 1963), si bien es cierto que, en este caso, se trata de un campo de concentración nazi.
A mi juicio, lo más destacable de la película, es que incide en la amistad entre los protagonistas (Robbins y Freeman), dos personajes absolutamente antagónicos en un principio (por raza, educación, nivel socio – económico, etc.), que se aprecian y se respetan, y nos brindan sendas interpretaciones antológicas. Cabe destacar lo importantes que resultan los pequeños detalles, las modestas conquistas o concesiones (como la apertura de la biblioteca con la recepción de una partida de libros y discos) que permiten mantener la dignidad y la esperanza de los internos, aunque después de larguísimas condenas estén ya “institucionalizados”, puesto que algunos de ellos son conscientes que ya nunca van a abandonar la cárcel, puesto que se les niega sistemáticamente la libertad condicional.