Peregrinación a Tréguier 2026
Texto: Pedro Galán Carrillo. Abogado

En este boletín me ha tocado escribir de todo un poco y esta vez llevaba todos los números para hacer la crónica de la peregrinación a Tréguier que realizamos un grupo de compañeros el pasado mes de mayo. Dicho de otro modo, el decano me hizo una oferta que no pude rechazar. Vamos a ello antes de que fine el plazo y me abran un expediente disciplinario.

Esta “peregrinación-viaje institucional-excursión-romería” a Tréguier, la cuna de San Ivo se anunció en la última circular colegial del año 2025 y me pasó inadvertida. Más adelante, en febrero, se volvió a recordar el viaje y se convocó a una reunión preparatoria en la que ya se avanzaba el medio de transporte: en autobús. Y se enlazaba a una crónica en el “Boletín” de Miguel Monserrat sobre el primer viaje organizado por el colegio en 1992 (en 1997 también se hizo otro, con motivo del 650 aniversario de la canonización de san Ivo).

El caso es que tampoco fui a esa reunión, pero ya me había puesto en canción. A la tercera reunión fue la vencida y pasé por el colegio a ver qué se cocía. Había ya un avance de programación muy detallado y sugerente. Y me lié la toga a la cabeza aun sin saber ni quiénes ni cuántos seríamos. Intuía que entre los inscritos habría cierta afinidad para apuntarse a un viaje de estas características y ya no le di más vueltas. La intuición no falló. El trato con los compañeros, a los que conocía superficialmente en el mejor de los casos, fue excelente.

Tengo la teoría de que existen tres formas de viajar: en el espacio, en el tiempo y hacia el interior de uno mismo. Este viaje reunió esas tres vertientes y lo hizo particularmente enriquecedor.

Un viaje en el espacio

Más de 1.100 kilómetros en autocar en una sola etapa para llegar desde Zaragoza a Bretaña. Salimos de Zaragoza a las seis de la mañana del jueves 14 de mayo. A pesar de la distancia el trayecto se hizo cómodo, sobraba espacio y entre almohadas y collarines las cervicales y las demás vértebras no salieron muy perjudicadas. Los tímpanos tampoco y es que el Sr. Decano venía provisto de un altavoz y nos amenizó el recorrido con una variada selección musical. Incluso con guiños a la música francesa a medida que nos acercábamos a nuestro destino.

Asimismo, recibimos camisetas y sudaderas y paraguas corporativos, cosa que a los despistados nos fue muy bien para no perder de vista a los compañeros. Fuimos por la A-68 hasta Tudela y luego seguimos por la AP-15 hasta la frontera por Irún, viendo el lento cambio de los paisajes, los colores, la vegetación y la orografía. El cambio de país no se notó salvo por un control policial en el que no levantamos sospechas (y menos mal, porque yo llevaba la documentación en la bodega del autobús).

El cambio de los paisajes se hizo más acusado a medida que avanzamos por tierras francesas, en especial al cruzar el Loira, caudaloso y sereno cuando lo pasamos. También me llamó la atención el “amenágement du territoire”, que aquí hemos copiado literalmente para hablar de ordenación del territorio, con una mezcla más equilibrada entre el campo, la ciudad, la agricultura, la ganadería y la actividad industrial que la que podemos ver en España. Por lo menos durante esta parte del trayecto.

Un viaje en el tiempo

Pasada La Rochelle me llamó la atención una señal de tráfico con un llamativo Corazón de Jesús en la republicana Francia, y es que nos disponíamos a cruzar La Vendée, tristemente célebre por los excesos revolucionarios que son calificados como el primer genocidio moderno. Aquí la mirada se puso más histórica. Rebasada Nantes nuestro destino se iba acercando.

Pasamos por Rennes, donde nuestro Ivo ejerció como juez eclesiástico. Y seguimos hasta Saint Malo, “la cité corsaire”, es decir, un puerto de piratas de estado, hoy precioso destino turístico minuciosamente reconstruido tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Y es que esta zona está relativamente próxima a las playas del desembarco de Normandía y los combates fueron singularmente encarnizados. Hay numerosas placas conmemorativas de combatientes en ambas guerras mundiales y monumentos que perpetúan la memoria de los hechos. Aquí establecimos nuestro primer campamento base e hicimos la primera incursión gastronómica por la zona.

Tras el descanso reparador, y eso que el viaje no se hizo pesado ni incómodo, empezamos la primera jornada en la zona, dedicados al turismo. Desperté pronto y salí a pasear y disfruté de una espectacular luz del amanecer que acariciaba la ciudad y las pétreas fachadas de los edificios dotándolos de diversas tonalidades. Un retoque de imágenes natural hecho solamente para deleite de los madrugadores. A esas horas la ciudad no era un parque de atracciones sino un lugar en el que barrenderos, repartidores y comerciantes preparaban la ciudad para el deleite de los turistas.

Aún me crucé sin pretenderlo con algunos compañeros de viaje que tampoco quisieron perderse esos momentos del día. Algunos nos juntamos a desayunar huevos fritos y otros alimentos energéticos y vimos, un poco como los viajeros apresurados que no pasan de la Plaza del Pilar y de la Aljafería, el casco histórico, la muralla, el ayuntamiento -con más aspecto de cuartel que de casa consistorial- y el puerto, siendo conscientes de que dejábamos mucho por ver.

Las otras localidades que visitamos en estos dos días fueron Dinant y Dinart, otros dos lugares en los que el tiempo parecía detenido y con animadísimas calles que tenían algo de Tubo bretón. Unas playas preciosas y un tiempo absolutamente inestable: en un solo día puedes necesitar varias veces el paraguas, las gafas de sol, ir en camisa o precisar un abrigo. Fuimos encontrando acomodo en tabernas más o menos típicas para poder comer y beber. La sidra se convirtió en la bebida oficial del viaje.

El sábado fuimos a ver el Mont Saint Michel y su bellísima abadía situada en una pequeña isla rodeada de murallas. Desde el autobús lo divisábamos a lo lejos, lo perdíamos de vista, lo volvíamos a ver cada vez más cercano y majestuoso. Es difícil encontrar un lugar donde se combinen de forma tan armoniosa naturaleza y vida, historia y belleza. Los prados inundados en las mareas altas y que confieren un sabor salado muy especial a la carne del ganado que allí pasta, la relativamente reciente pasarela que lleva a la abadía con un servicio de autobuses lanzadera. Vimos a algunos peregrinos o turistas, o las dos cosas, que hacían el tradicional recorrido a pie durante la marea baja.

Me llamó la atención la organización rigurosa del lugar: trayectos de entrada y salida perfectísimamente definidos, entradas con y sin reservas, individuales y en grupos, y es que estamos ante uno de los monumentos más visitados de Francia. La masificación impide una contemplación serena, pero hay que aceptar que para los demás nosotros también somos masa.

El tiempo pasó rápido y el domingo nos preparamos para asistir al Grand Pardon de St. Yves. En el hotel nos pudimos vestir o más bien revestir, el curioso barullo de montar en el vestíbulo del hotel el pendón colegial que llegó por piezas desde Zaragoza, todos con togas, algunos con puñetas, otros con medallas y algunos con placas; por momentos parecíamos una compañía ambulante de espectáculos en un camerino improvisado disponiéndonos a salir a escena. Tan es así que cuando fui en tiempo de descuento a comprar una figurita de San Ivo a una tienda de recuerdos, dos mujeres me pidieron permiso para fotografiarme ponderando la elegancia de la toga española: “Oh, quelle robe!” decían. Vivir para ver.

Un viaje al interior

Esta parte del viaje fue evocar los inicios profesionales, cuando oí por primera vez a Carlos Carnicer hablar en el entonces “Curso de formación” del patrón colegial. Ahí me vinieron a la cabeza el inicio de la relación con el colegio, primero como alumno, luego como abogado, los decálogos profesionales: el de San Ivo, que leí por primera vez en un librito azul que editaba el Colegio con las normas profesionales básicas; el de Eduardo Couture, el de Ángel Ossorio… todas esas grandes palabras que juramos o prometemos y que, como las promesas matrimoniales, se van desgastando día a día.

Lo bueno del catolicismo y de los ritos es que, aunque se entendiera poco o nada de francés y nada y menos que nada del bretón es que se pudo seguir la ceremonia de forma razonable. A ello también ayudaba un libreto con los oficios, oraciones, cánticos… Tras la ceremonia sonaron el órgano y las enérgicas voces de los fieles cantando unos gozos al santo en bretón.

Este era su estribillo:

Nan eus ket en Breizh, nan eus ket unan, / Nan eus ket eur sant, evel sant Erwan, / Nan eus ket eur sant, evel sant Erwan.

No hay en Bretaña, no hay nadie / No hay un santo como san Ivo / No hay un santo como san Ivo.

Este 2026 pudimos oír su interpretación en el salón de actos colegial con ocasión del día central de la festividad colegial.

La ceremonia en la catedral de Saint Tugdual tuvo elementos curiosos, me llamaron la atención la catedral engalanada con banderolas y estandartes, las togas de juristas de otros países con bandas y tiras de armiño, unas veces togas negras, unas veces rojas: los desconocidos significados de una indumentaria que tampoco nos resulta completamente ajena. El gótico y las togas tenían cierto aire de pompa británica que tan bien manejan los ingleses. Se superponían así la liturgia religiosa y la liturgia forense. Los organizadores nos reservaron unos banquillos en la zona del coro, no muy cómodos (las sillas tenían mejor pinta, la verdad) pero bastante mejores que estar en pie como tantos asistentes.

Tras la ceremonia fuimos en romería a Minihy-Tréguier portando el cráneo de San Ivo. Algunos tuvieron el privilegio de portar las andas con la urna relicaria, otros pudimos acompañarla durante una parte del recorrido sujetando unos cordones de pasamanería. Por un momento el cordón de las andas se transformó en un cordón umbilical que me unió a los orígenes mismos de nuestro colegio. Mis sensaciones no serían muy distintas a las de aquellos que renuevan unos votos, un día especial en el camino profesional, un misterioso encuentro entre un abogado zaragozano del siglo XXI y un abogado bretón del siglo XIII.

Finalizada la romería, una comida de hermandad con todos los peregrinos en una carpa en la que comimos togados (primera vez que lo hago). Otra cosa que me llamó la atención, la religiosidad bretona, que desconozco si es profunda o meramente superficial. Me inclino por lo primero. Menos secularizados que los españoles sí parecían. Tras la comida fuimos a cambiarnos rápidamente al hotel para volver a Zaragoza, a la que llegamos al amanecer del lunes 18 de mayo.

En buena compañía

No puedo tener más que palabras de gratitud hacia los compañeros: Alfredo y Lola, Cristóbal y Marisa, las dos Elenas, Elizabeth, Isabel, Javier, Luis, Mercedes, mi tocayo Pedro, Tito y Marina y también Carlos, que vinieron a Tréguier por medios propios. Fuimos auténticos compañeros, cum panis: compartimos el pan, la comida y las bebidas… las bebidas… Todos ellos, sin excepción, hicieron de este viaje una enriquecedora experiencia. Un grupo variopinto en edades, ideas, creencias y opiniones y sin embargo unido. Hubo momentos para las risas, la devoción, el folclore, el arte, la historia, las ferias, los chistes, la música… y otras cosas que es mejor callar porque no es plan de contarlo todo aquí.

Finalmente, quiero agradecer el tiempo que los organizadores dedicaron a que todo saliera bien. Reuniones, presentación del programa, contratación de viajes, reservas de hoteles, de entradas a los monumentos, la amabilidad y profesionalidad de Luis, nuestro chófer. Las cosas no salen bien porque sí: la gran mayoría de las veces hay alguien que se ha ocupado discretamente de que todo funcione.

Y como las imágenes valen más que mil palabras he traído a este artículo fotos no solo de este viaje, sino también algunas de los anteriores viajes institucionales en 1992 y 1997, siendo decano Carlos Carnicer. Algunas salieron en los boletines de la época, en blanco y negro. En esta ocasión las podemos ver en color.