Revista Reicaz | Sara Maynar, la primera colegiada del Reicaz
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Sara Maynar, la primera colegiada del Reicaz

Pedro Galán Carrillo. Abogado.

-Según usted, ¿qué porvenir les espera a las abogadas?
-Espléndido. Dentro de muy pocos años se habrá multiplicado el número de ellas. ¡Quién sabe si nos arrinconarán a nosotros!
José Serrano Batanero, abogado, 1932

El vestíbulo de la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza acogió del 12 de marzo al 20 de abril de 2018 la exposición “Mujeres pioneras del Derecho en Aragón: De las aulas de la facultad al ejercicio profesional, 1914-1971”. En ella Belén Causapé, responsable de la misma, nos presentó a las primeras alumnas, licenciadas y profesoras de la facultad de derecho; también a las primeras abogadas, procuradoras, notarias, registradoras, secretarias judiciales, jueces, fiscales, abogadas del Estado y políticas de Aragón. Aparte de unas breves notas biográficas y los rostros de estas pioneras pudimos contemplar orlas de sus respectivas promociones y leer recortes de prensa que nos dieron pistas de cómo vio la sociedad la progresiva incorporación de la mujer al mundo jurídico. Y, por qué no admitirlo, resultó divertido reconocer en las orlas los rostros juveniles de muchos personajes de la sociedad aragonesa formados en sus aulas, descubrir sagas jurídicas y comprobar que algunos catedráticos, por increíble que parezca, fueron una vez estudiantes.

Me voy a detener en nuestra primera compañera, Sara Maynar Escanilla. La primera vez que oí su nombre fue en la purga del callejero zaragozano de 2009, cuando Sara Maynar sustituyó en el mismo a la calle del Crucero Baleares, en el barrio del Picarral. El “Baleares” y el “Canarias” fueron dos cruceros pesados comenzados a construir durante la Dictadura de Primo de Rivera y botados en la Segunda República; al inicio de la guerra civil no estaban terminados y fueron armados a toda prisa para poder entrar en servicio. El crucero “Baleares” fue hundido en marzo de 1938 en la batalla del cabo de Palos pereciendo casi 800 de sus tripulantes y siendo atacados los barcos que acudieron en auxilio de los supervivientes. Quizás hoy sea preciso recordar que el heroísmo y la vileza estuvieron presentes en ambos bandos contendientes. Mejor suerte en todos los sentidos corrió el crucero “Canarias”, que fue el buque insignia de nuestra Marina de Guerra hasta 1975. Cerca de esta calle del Crucero Baleares también estaba la del General Yagüe, igualmente relevado por José Luis Lacruz Berdejo, quien no necesita presentación alguna.

Pero sigamos con Sara Maynar, primera licenciada en Derecho por la Universidad de Zaragoza y primera abogada de Aragón. Hija del abogado Manuel Maynar Barnolas y de Pilar Escanilla Estrada, nació en Zaragoza en 1906, en la calle Cerdán, 19, prácticamente al lado de la Audiencia (esa calle y su entonces paralela de Escuelas Pías desaparecieron en los prodigiosos años setenta del pasado siglo, cuando se pretendía que Vía Imperial, Avenida de César Augusto desde octubre de 1979, absorbiera el tráfico rodado desde la Puerta del Carmen hasta el Puente de Santiago suprimiendo el Mercado Central de su ubicación en la Plaza de Lanuza; incluso se pensó prolongarla en sentido contrario hasta Vía Hispanidad, pero ésas son otras historias). Más adelante Manuel Maynar trasladaría casa y despacho a la calle San Juan y San Pedro, 4. Este inmueble, como la casa de otro ilustre jurista (y químico) aragonés, don Juan Moneva y Puyol en la calle Sanclemente, 6, resiste al transcurso de los años y al urbanismo agresivo (ésta última por poco tiempo a lo que parece) y en él aún residen varios familiares suyos. Las tempranas muertes de David y Cecilia, sus hermanos mayores, condicionaron en buena parte su destino. Cursó íntegramente la carrera de Derecho en Zaragoza como alumna oficial y se alzó con el primer Premio Extraordinario de Licenciatura obtenido por oposición en 1929 pese a confesarse algo desmemoriada como su padre. Ese mismo año se inscribió como abogada por invitación de nuestro colegio. La invitación fue idea de José María García-Belenguer y Mostolac y contaba, a diferencia de otros colegios españoles, con cobertura estatutaria permisiva desde el año anterior: “Sólo los Licenciados o Doctores en la Facultad de Derecho con sus títulos correspondientes, sin diferenia (sic) alguna por razón de sexo, serán admitidos al ejercicio de la Abogacía en Zaragoza, previa su incorporación a este Colegio” (art. 3 de los Estatutos del Ilustre Colegio de Abogados de Zaragoza aprobados por Real Orden de 12 de noviembre de 1928). Manuel Maynar nos dirá al ser nombrado Colegiado de Honor en 1951 que: “Una hija mía, exclusivamente por complacerme, se matriculó y cursó la carrera de Derecho en esta Universidad. (…) Pues bien terminada la carrera, el Ilustre Colegio de Abogados acordó. Primero: Invitar, esta es la palabra, invitar a esa por entonces la más moderna y más antigua de todas las abogadas aragonesas, a que ingresase en la Corporación. Segundo: Relevarla del pago de la cuota de entrada, y, tercero: Que siempre figurase en el primer lugar de las listas de Colegiados, prescindiendo del orden alfabético, que en ellas se sigue”.

Manuel Maynar Barnolas

Sara Maynar Escanilla

Sara Maynar prestó juramento en la Audiencia (prestar juramento en el colegio es una tradición reciente, valga el oxímoron) el 2 de enero de 1930. No me resisto a transcribir íntegramente la amable crónica del acto de la jura que publicó el diario “La Voz de Aragón” al día siguiente con el título:

La primera abogada que actúa en Zaragoza

La Audiencia y el Colegio de Abogados se vistieron ayer de gala para recibir a la primera abogada incorporada al mismo para el ejercicio de la profesión.

Dígalo si no la bella señorita Sarita Maynar, hija del prestigioso abogado don Manuel, que ayer, ante la Sala de Gobierno, juró los Evangelios para el buen desempeño y ejercicio de la abogacía.

Pasaron aquellos tiempos del Rey Sabio en que se prohibía el ejercicio de la abogacía a las mujeres, porque según las Partidas “era cosa fuerte cosa de oillas e de contender con ellas”.

Hoy el feminismo ha desarrollado (sic) ese concepto atávico, y la mujer ha venido a demostrar que se halla capacitada, como el hombre, para esos oficios de abogar por otro.

Sarita Maynar, que a su esbeltez y rostro angelical une una inteligencia poco común, no cabía ayer de gozo dentro de su toga, que vestía con elegancia, y tocada con su birrete de Licenciada, dispuesta ya a defender desde el estrado con igual elocuencia que su padre, quien se mostraba orgulloso de tal hija, por haber colmado su aspiración de padre y de buen abogado.

Compartieron la emoción del solemne acto del juramento las distinguidas señoritas Irma y Laura Maynar, Valera Biescas, Pilar Fernández, María Cabrera, Pilar Peralta, María Gavín, Lola Belzumegui, Pilar y Angelita Alcrudo y Carmen Used.

La Junta de Gobierno del Colegio apadrinó con galantería y exquisita cortesía a la nueva abogada, y además de su padre, el señor Maynar, diputado segundo, concurrieron el ilustre decano don Marceliano Isábal, el diputado cuarto don Jenaro Poza y el tesorero, don Emilio Laguna. Se agregó a la comisión el abogado señor Aranaz, que se hallaba dispuesto a actuar en los juicios orales señalados.

Asistió al acto el pleno de la Audiencia, con fiscales y secretarios; y después todos los concurrentes fueron obsequiados con un lunch en la sala de togas del colegio.

El cronista rinde un saludo cordial a la gentil abogada, deseándole un brillante ejercicio, y une su felicitación, extensiva a sus padres, a las muchas y muy efusivas recibidas de cuantos concurrieron al acto.

Al día siguiente “La Voz de Aragón” también publica una entrevista de J. Sanz Rubio a Sara Maynar. Allí habla de sus proyectos y pensamientos, del feminismo, incluso se le pregunta si se debía decir “abogada” o “abogado”, adelantándose en décadas al modernísimo lenguaje inclusivo:

-Pues… sinceramente, no lo sé. Don Javier Comín dice que soy abogado, pero don Domingo Miral cree que siendo abogado una palabra latina que tiene acepción femenina -advocatus, advocata- bien puede decirse abogada. De todos modos, yo soy abogado.

El acontecimiento tampoco pasó desapercibido para la prensa nacional. El 7 de enero la revista “Estampa” le dedica a Sara Maynar su portada y una fina entrevista de Fernando Castán Palomar en términos semejantes a la de “La Voz de Aragón” y que transcribo a continuación. En el texto late una mujer ecléctica y contradictoria, tan avanzada como conservadora:

La primera mujer que va a ejercer la abogacía en Zaragoza dice que dejará la carrera en cuanto se case

SARITA SE HA HECHO ABOGADO

-Pero, ¿es verdad, Sarita, que nos ha salido usted feminista?

Sarita Maynar abre más que nunca sus ojos grandes y luminosos, ríe con ímpetu y contesta:

-¡Pero si ahora es cuando ya no creo en el feminismo! Verá usted. Yo, mientras estudiaba en la Universidad era muy feminista, mucho; defendía eso de la igualdad de derechos con el mayor brío y soltaba unas terribles peroratas en defensa del gobierno de la mujer.

-Del gobierno de la mujer en la sociedad conyugal, ¿no es eso?

Otra vez ríe Sarita, la primera mujer que en la Universidad de Zaragoza ha obtenido el título de Abogado.

Es una mujer alta, erguida, sin presunciones intelectuales, sin pujos de honda sabiduría. Hija de uno de los letrados de mayor prestigio, D. Manuel Maynar Barnolas, ha hecho en la Universidad de Zaragoza la carrera de Derecho y acaba de jurar los Evangelios en la Audiencia.

Es, pues, la señorita Maynar figura destacada en el retablillo de la actualidad provinciana.

PERO, A SU JUICIO, EL MARIDO ES QUIEN DEBE MANDAR

-Concretemos, Sarita, ¿ahora cree usted humanamente natural que sea el marido quien asuma el gobierno?

-¿El de la sociedad conyugal? ¡Claro que sí! Los caracteres de los esposos son, al fin y al cabo, los que deciden en la práctica quién de los dos debe mandar, pero la ley debe disponer que esto sea tarea del marido.

-Pero si la realidad impone lo contrario…

-Hay casos: yo he observado en el despacho de mi padre que existen comarcas en las cuales es la mujer quien administra los bienes matrimoniales; y muchas de esas mujeres saben de leyes, sin haberlas cursado, y resuelven los problemas jurídicos que se les plantean.

-¿Piensa usted ejercer la abogacía?

-Claro que sí, peros sin prisas; quiero, por el momento, preparar mi doctorado. Luego, es posible que haga algunas oposiciones.

-¿Qué asuntos prefiere, Sarita?

Contesta rápida:

-Los civiles, desde luego.

-¿No ofrece más interés para una mujer la parte criminal?

-Acaso; pero yo no tengo condiciones oratorias; prefiero estudiar un asunto civil y desarrollarlo con la pluma.

Disculpamos con una sonrisa la modestia excesiva de esta mujer. De esta mujer que, aunque escudriñemos en ella al abogado, se nos aparece, ante todo y sobre todo, delicadamente femenina. Y nos atrevemos a preguntarle:

-¿Cree usted compatible el amor con el ejercicio de la carrera?

Esta vez la respuesta se hace esperar un poquito más.

EL DÍA EN QUE SE CASE…

-Yo creo -nos dice, al fin- que el amor debe ser uno para toda la vida; y creo también que no hay mujer que no aspire a casarse y a dedicarse al hogar; que harto tiene la mujer con el cuidado de la casa, con la educación de los hijos y con la atención al esposo.

-Es decir, que el día que usted se case abandonará el ejercicio de la profesión.

-No he hablado de casarme yo -ríe dulcemente-, pero si me caso, dejaré la abogacía.

-¿Sin excepción?

-Con una sola: la de que mi trabajo sea necesario para cubrir el presupuesto del hogar. Si hace falta, continuaré trabajando.

-¿Qué opinión le merece el divorcio?

-Ya le he dicho que no admito sino un solo amor.

-¿Y en el caso de que el marido o la mujer se hayan equivocado?

-Esto ocurre muy pocas veces.

-Pero esas veces…

Nuestra machacona insistencia no logra turbar la plácida sonrisa de la señorita Maynar. Medita un segundo, y responde:

-En tal caso, como no basta lamentarse, cuando uno se equivoca, los esposos equivocados deben hacer cada uno vida individual, pero sin romper nunca el vínculo, sobre todo si hay hijos. El divorcio, existiendo prole, me parece criminal.

-¿Y si no existen los hijos?

-Eso no está previsto en la ley; pero en la práctica sé por mi padre que en cuantas desarmonías familiares ha intervenido como conciliador, siempre se ha puesto de acuerdo el matrimonio para una cosa.

-¿Para qué?

-Para no pagar al abogado.

El ingenio de Sarita ha burlado donosamente la respuesta. Reímos de buena gana la contestación y aventuramos la última pregunta:

-¿Qué impresión guarda usted de su paso por la Universidad?

-No me agrada el sistema universitario de España; ese procedimiento de exámenes me parece absurdo. El examen no permite formar juicio exacto del aprovechamiento del alumno, sino que da el aprobado a quien tuvo más suerte en la pregunta.

-¿Así es que no le gusta a usted el régimen de preguntas y respuestas?

-No.

-Pues usted perdone, Sarita.

Ahora reímos los dos, en la severa elegancia de este despacho atestado de libros en el que la exquisita feminidad de Sarita prende un airón de lozanía, mucho más sugestivo que el severo empaque del birrete y de la toga con que un instante se viste la señorita Maynar para que le hagan una fotografía.

A pesar de este prometedor arranque y de las expectativas generadas, Sara Maynar causa baja como colegiada ejerciente pasando a colegiada no ejerciente en abril de 1930: ya advirtió que quería preparar su doctorado (para lo cual marchó a la Universidad Central, única habilitada en España para expedir títulos de Doctor hasta 1956) y tal vez hacer oposiciones, lo que confirmaría que cursó la carrera exclusivamente por complacer a su padre. Su hermana Irma le diría a José Santiago Yanes Pérez, autor de un “Estudio histórico-jurídico del acceso a la mujer a la abogacía en España” (2015) que “nunca tuvo esa vocación” de ejercer la abogacía. Sara Maynar cambió los estrados de los tribunales por los de las aulas. Durante el curso 1930-1931 fue ayudante de clases prácticas de Derecho Internacional Público y Privado, siendo catedrático don Manuel Lasala y Llanas. El curso 1940-1941 fue ayudante de clases prácticas de Derecho Administrativo, en la cátedra de don Gregorio de Pereda y Ugarte. Y el curso 1941-1942 concluiría su licenciatura en Filosofía y Letras (sección de Historia).

Sara Maynar desarrollaría la mayor parte de su vida profesional en los institutos de enseñanza media: fue profesora de Griego en el Instituto de Calatayud y luego en el de Teruel. Posteriormente se trasladaría como profesora de Lengua y Literatura al entonces Instituto Laboral de Alcañiz, del que fue nombrada directora en 1951, a las dos semanas de empezar las clases. Y como directora permaneció (salvo un lapso en que fue jefa de estudios) hasta su jubilación en 1977, ya como catedrática de instituto. Firme defensora de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres logró que el instituto fuera mixto, aunque en un primer momento chicos y chicas (a las que quería independientes y cultas) fueron a clases separadas. Se implicó en el mundo de la educación hasta el punto de prestar ayuda económica a estudiantes aventajados de procedencia humilde. Otra muestra, esta vez extraída del libro conmemorativo del 50 Aniversario del Instituto de Alcañiz: en 1974 ayudó a una alumna de COU embarazada a no perder el curso, aconsejándole no casarse si no existía el amor y brindándole asimismo ayuda económica para el caso de no hacerlo.

Nuestra primera compañera fue nombrada Colegiada de Honor en diciembre de 1979 y recibió su diploma acreditativo en enero de 1980. Comparte distinción con su padre y también con su sobrino Ignacio Ortega, que ha cumplido en 2018 medio siglo de ejercicio profesional como abogado. Sara Maynar también fue distinguida por su trayectoria docente con la Medalla de Alfonso X el Sabio, en su categoría de Lazo, y con la Medalla de Plata de la Juventud que le otorgaron el Ministerio de Educación y la Delegación Nacional de la Juventud respectivamente. Además fue colaboradora, entre otros medios, del desaparecido diario “El Noticiero” (donde también hizo críticas de cine su cuñado Orencio Ortega, decano que fuera del Colegio de Procuradores, con el pseudónimo de “Merlín”) y conferenciante.

Y esperantista (como su padre), afición que la llevó a viajar a varios países, entre ellos Japón. También fue concejal del Ayuntamiento de Alcañiz elegida por el tercio familiar y teniente de alcalde encargada del área de Cultura de dicha corporación. Allí vivió muchos años alojada en hotel hasta que al final marchó a la casa familiar en dicha localidad (casa Maynar o casa Franco, un edificio del siglo XVI que durante la guerra civil fue incautado y convertido en sede de la FAI y del Comité Regional de la CNT y que hoy es sede de la Comarca del Bajo Aragón) junto a su hermana y algunos sobrinos: al parecer no era muy amante de las faenas domésticas. Sara Maynar falleció soltera en la residencia de ancianos de las HH. de la Caridad de Santa Ana en Burbáguena, Teruel, en 1986. En esta residencia fallecería también su hermana Raquel, Hermana de dicha congregación religiosa, el año 2015.

Las siguientes abogadas en Aragón serían Isabel Asensio, primera y única colegiada en Teruel, sin ejercicio, durante tres décadas (1942); Pilar Jaraiz, “la sobrina roja de Franco” y la primera abogada zaragozana realmente ejerciente (1946); Carmen Abadía, abogada y también letrada sindical (1951); y Rocío Lechuz, primera colegiada ejerciente fuera de la ciudad de Zaragoza durante casi cincuenta años (1955). En la exposición también pudimos conocer de forma sucinta las trayectorias de más mujeres dedicadas a otras profesiones jurídicas, varias de ellas pioneras no solamente en Aragón, sino en el conjunto nacional (así Beatriz Blesa, primera registradora de la propiedad de España en 1941; o Carmen Teresa Aguelo, primera fiscal de España en 1971). Para saber más sobre ellas y sobre otras “Rompetechos de cristal” (permítaseme unir a Sylvia Plath y a Francisco Ibáñez) me remito al libro que publicará próximamente Belén Causapé sobre estas pioneras del Derecho en Aragón.