Revista Reicaz | Fuente Elvira, casi
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Fuente Elvira, casi

Son las siete de la mañana, anoche aparqué mi Volkswagen Transporter en el parking de la estación de esquí de Candanchú. Me despierta el sonido de la lluvia, vaya jarreada, pienso. Me asomo por la ventanilla de mi furgo y veo al fondo del parking un coche con el motor encendido y dos personas dentro. ¿quienes serán? Tengo curiosidad pues nadie en su sano juicio saldría hoy al monte. Al poco llega otro coche también con dos ocupantes y aparca a su lado, bajan las ventanillas y hablan. Parece un asunto de drogas, huele muy mal. Pasados unos minutos llega un tercer coche con los cristales tintados y aparca junto al primer coche, está claro que es una movida gorda. Esto huele a tráfico transfronterizo de estupefacientes.

El último coche se va marcha atrás hasta la caseta de venta de tickets, le siguen los otros dos. Todos salen de los coches y se saludan amigablemente, deben de conocerse del negocio desde hace mucho, aunque a mi no me engañan, es todo postín. Llega incluso un cuarto coche con cuatro tipos con mala pinta, esto es algo muy grande.

Se despiden, se suben a los coches y se van por separado del parking, yo les sigo con mi Transporter.

Hablan, debaten y vuelven a hablar y a debatir… y a hablar de nuevo. Levantan la mano, miran mucho al cielo como buscando al helicóptero de la Guardia Civil. Algunos llevan aparatos GPS, y de vez en cuando uno dice algo de un radar, no lo oigo bien pero lo tienen todo controlado.

Son profesionales pues no van juntos: dos coches lanzadera delante, uno con los cuatro matones algo después, y el del capo el último. De hecho el capo se pasa el desvío por el que se han ido los demás, y luego retrocede, seguro que era para ver si alguien les seguía. Cogen un camino forestal para esconderse de los curiosos.

Aparcan juntos, salen de los coches y se visten como montañeros, charlan y echan a andar. Creo que me he equivocado, no son traficantes pero son algo raro porque ningún montañero cabal saldría hoy a hacer absolutamente nada, quizás sean budistas o animistas, o algo parecido porque no paran de hablar del sol, las nubes y el cielo.

Han aparcado un poco antes del Col de Ladrones y han subido por la senda que indica Picauvé, yo les sigo en la distancia, no me quiero quedar sin saber qué hacen estos pirados por aquí. La senda está muy empinada, y vaya barrizal que se ha montado. Caray, hay que tener moral para meterse aquí hoy precisamente, y más ahora que la lluvia aumenta. El grupo de Adoradores del Sol ha llegado al claro de la zona de Picauvé, se arrejuntan y pasan a ponerse todos ellos vestimentas de colores muy vivos, esto parece un circo. Ya lo tengo claro, son una rama del Animismo Colorista que se creía extinguida y van en busca del Sol.

Vaya chasco, esto ya no me interesa. Me vuelvo a mi furgo y a cobijarme de la lluvia. Hay que estar muy mal de la azotea para pasear por el monte en un día como hoy.

Los protagonistas del relato son en realidad diez irreductibles montañeros pertenecientes al CEyM-REICAZ que sin amilanarse por la lluvia o por la mucha nieve de las alturas han decidido salir hoy de excursión. Han desechado la idea de subir al Llena de la Garganta, y van a ver hasta dónde llegan por el camino hacia La Moleta.

Llueve mucho, pero se ponen su caras y fardonas prendas impermeables y siguen adelante. Tras pasar Picauvé prosiguen por dentro de un precioso bosque hacia la Caseta del Vasco, hasta la misma les quedan 2 horas largas de camino. La naturaleza está espectacular, y el camino va subiendo haciendo innumerables zetas ganando altura de manera constante. Como es costumbre en ellos, y como la ruta no presenta problemas, van haciendo la goma, pues hay quien está más en forma, quien más cansado, quien habla por los codos, y quien se entrega a la meditación.

Se cruzan arroyos, se maravilla uno del gran pino negro, otro toca el musgo, disfrutan sintiendo la naturaleza rodearles y todos ellos llevan una sonrisa, por dentro o por fuera.

La Caseta del Vasco se hace de rogar, pero al final se alcanza y resulta ser un buen sitio para echar un tentempié, un trago y una charla sobre lo de siempre. Nadie tiene prisa y unos veinte minutos más tarde reemprenden el camino, otra vez estirándose y reagrupándose. La nieve cada vez está más presente y hace que haya que alcorzar algunas lazadas, nada preocupante, pero obliga a ir más juntos que antes.

Llega un momento en el que hay que atravesar un largo nevero y aquí los ánimos decaen, son las once y media, llevan andando tres horas y media de ascenso continuado. Poco a poco los integrantes van rajándose, los motivos son de lo más variado (¡momento reicaz a la vista!) : yo por allí no paso, hay un agujero entre la nieve y el muro, huelo la lluvia, a mi los rayos me dan miedo, dan lluvia hacia las cuatro… Lo cierto es que hasta la cima queda más de hora y media, el cielo está de un gris plomizo, y no se sabe qué habrá después de Fuente Elvira, pues allí el camino desaparece y tocaría remontar un inclinado barranco. Con esta perspectiva se decide bajar a los coches.

La bajada es de lo más desordenada: las dos chicas se equivocan de camino a la altura de la Caseta del Vasco, otros cogen un camino que los deposita en el embalse en lugar de en el Col de Ladrones. Por suerte las chicas descarriadas terminan uniéndose a los demás, el integrante más atlético pasa a recoger en coche a los del embalse, y todos juntos y felices se dan cita en el Restaurante Universo de Canfranc. Allí recuperan fuerzas a base de platos hipercalóricos y helados de cucurucho. Hacia las cinco se despiden felices y contentos por haber sacado todo el provecho posible a este día en principio tan difícil y a la postre tan grato.